Entrevistas de trabajo
Las entrevistas de trabajo son como las fiestas con desconocidos. Existe ese ritual de la presentación de credenciales aunque el "qué haces" cambia a "qué has hecho". Uno resume esa vida laboral con orgullo, intentando impresionar, olvidando las malas jornadas. El relato es llevado con actitud enérgica y optimista, como si todo estuviera perfecto en la vida. Un infeliz cara larga está mal visto. Es obvio.
Como en las fiestas, hay amnesia y resaca. Es difícil acordarse de cada palabra pronunciada. Requiere un esfuerzo adicional esa recopilación. Si hay ansiedad es normal que aparezca la condena de un "la cagué" o "no debí decir eso".
¿Debe uno prepararse? Sí, la vida es causa y efecto. ¿Debe uno mentir o exagerar? No, la vida es causa y efecto. Así es que se llega al lugar correcto en el momento preciso. El entrevistador sabe lo que quiere. La decisión pocas veces es personal. La profesión no es el ser.
De todos modos las fiestas generan mayor confianza. Un número telefónico se pide directamente, bailar con la persona de recursos humanos es una posibilidad, la promesa de verse nuevamente con los nuevos comunes es más latente.
En el momento de "tienes preguntas" de la entrevista, la mayor osadía es preguntar por el pago. Sería bueno pasarles la presión con un "entonces qué, ¿les sirvo o no?".


