Fue Rosales el que me puso en la cabeza eso de los street anonymous blues. Las personas que cantan en la calle. Fue la pauta de ese año de exilio que tuve en Harlem —leí hace poco que el éxilio es la utopía, ese tiempo que va del momento de salir a ese en el que se piensa la vuelta, esa es la utopía—. Todos los días alguien cantaba. Cualquier cosa y siempre bien. Me dejaba zen, con ganas de ir al restaurante vegetariano de la 125. Lo mejor son las tortas de coliflor.
Pues esta mañana en la estación hubo blues con armónica cortesía de un trabajador del MTA. Ni manera de quejarse por verlos sentados como sin hacer nada. Estas estaciones no representan placer a menos que uno este tirando. Menos cuando quedan arriba de la 110. Hubo armónica y no era un trabajador del arte subterraneo. Fue cortesía de un MTA de tamaño gigante, con botas pesadas y de suade, overol y chaleco naranja. Con casco.
Cuando subí al tren quise seguir el jam. Suavecito y con susurro, como de cante aunque no cante. Fue poco. Nadie lo oyó.
En cambio la voz gruesa de otro grandote si nos puso a girar la cabeza y disfrutar. Este fue más ar an bi de cerrada de ojos y mano en el pecho. Street anonymous blues que llaman.
