La humedad me traslada al mundo tropical, ese de relación directa con la desesperanza como en el ensayo de Álvaro Mutis. Unas memorias acordes a este raro sudor de otoño.
Cruzando la Plaza Caicedo en Cali para comprar unos condones. Un hotel bello, habitación con balcón. La cortina blanca agitada por la brisa. Nosotros sin vergüenza en esa cama tan cinematográfica. Jóvenes, muy jóvenes.
El magdalena colombiano apenas un pequeño río. El desierto de la Tatacoa cerca, la guerrilla acecha. No hay papá ni mamá, todos son extraños, solo somos nosotros, hermano hermana, la parejita en otras épocas. Me envían afuera, a la habitación sobre la calle. Me da miedo. Duermo. Me despierto aterrorizado. La vieja abre la puerta. Tiene una vela y solo le da risa. No vuelvo a dormir. Ella despertaba a las cuatro de la mañana todos los días.
El caribe pirata. Soy todo un marihuano y las cosas están críticas. Días antes mi novia me aconseja que le diga que lo quiero. En ese cayo, rodeado de mar, lo pienso. Me escondo en unos árboles. Fumo. Vuelvo. Lo busco en el agua. Solo se me ocurre tocarle la espalda y verlo reir.
Al guerrero de guerreros fuerzas vestidas de rosa le atacan el ojo. No es el trópico, es solo un verano en Brooklyn. No resguardamos en la oscuridad de ese salón de belleza improvisado como casa. Estamos bien. Tenemos alcohol, música y nuestros pensamientos para hablar.
Insisto que no conozco una organización mejor en el mundo. Local Project se levanta de nuevo para limpiar la casa y darle más vida a todo. Pienso que aquí de verdad riegan las plantas. Nadie está a la deriva. Alcohol en la noche hasta que se vaya el último. Esa noche me quedo allí.
