Algo para que la cámara salga de casa. Se puede empezar por dejar de culpar a la ciudad. Todo está en la cabeza. Oración y programación. O atención como decía mi bisabuelo. La ciudad tiene un parque frente a mi casa con todos los juguetes para preparar los intentos.
Ronda la idea de culpar a la ciudad por los crímenes propios como si fuera un compendio de dioses. ¿Acaso no le da techo y diversión a millones de víctimas del capitalismo tardío? Mejor aquí que en otro lugar. A mí se me acomoda perfecto. A diferencia de otros de mi generación, me ha sido fácil pasar tiempo en casa al punto de luchar contra la tendencia y obligarme a salir. Presiento que me perderé más de mí si paso mucho tiempo por fuera, con otros. Por eso opto por lugares ideales para el ánimo cusumbo solo. Pero como bien lo decía C., soy de los que preparan estados mentales, y tengo uno para recibir la compañía, inspirado por el consejo de Madrina de no andar tan contenido. Así disfruto de P. y dos veces K. Y así paseo con CC y su hijo cada que cambia la temporada. Y así desarrollo proyectos con J. y C.
¿Y el resto? Hay un tiempo para todo y a la ciudad hay que dejarla sana. Así es la vida y así soy. Aquí y allá. Una cuestión de atención emocional dispersa.
