Dicen que lloverá por tres días seguidos. Días shitty. Para enfrentarlos con vueltas shitty como una pasada por el consulado colombiano y otra por la Corte del Estado Nueva York. Combinación maligna a simple vista.
Tengo la suerte de ser advertido. En la estación de mi casa una chica con una mochila que lleva escrito "Colombia, te quiero". Los colombianos de mi barrio se cuentan con los dedos de las manos, pero ahí estaba ella, diciéndome que la tomara con calma. Y fue fácil la experiencia. Los trámites fueron ágiles aunque costosos. Tampoco es que haya olvidado que estaba en una oficina llena de uribistas o que los funcionarios tuvieran voces menos chillonas. Nada. Lo que pasa es que la meditación y el aviso de la mochila me prepararon.
Con la corte no hubo advertencia, pero sí llegue con una atmósfera en mente. Una visita con más imaginación gracias a las buenas imágenes de Kurt Vonnegut, a quién leo ahora. Para empezar, la Corte es un edificio monumental. Desde las escaleras, bajo la lluvía, estuve entre el Sci Fi y el Noir. Los abogados, los volúmenes de jurisprudencia, el polvo, los espacios abandonados, la originalidad de cada burócrata, y los ciudadanos necesitados de documentos hicieron el resto. Los trámites tuvieron textura.
Chuletas vietnamitas y un tigre dorado antes de volver a casa.
