"Trabajo" es la nueva categoría de este blog.
Me atraen los retratos de oficinistas. Me gusta el cliché de los héroes cotidianos. La sutil subversión que contiene el "preferiría no hacerlo" del Bartleby de Melville es memorable, y en "Sexus" Henry Miller le quita a uno las palabras cuando describe la horrible oficina que le impide tener sexo a cualquier hora. La especie que habita en la burocracia y el corporativismo es existencialismo sin condimentos.
Ese perfil es diferente ahora. Vale aclarar que un oficinista no es un ejecutivo. De hecho, un oficinista de hoy no tiene oficina, tiene cubículo, y por globalización, recesión y calentamiento del planeta, lo tiene que compartir con otro, o alternar con un improvisado escritorio en casa. Es mi caso reciente.
Trabajar en casa suena bien, pero me delata como niño. Una cosa es trabajar lo de uno en la casa, y otra es llevarse las cosas de otros a la casa. Hay una invasión de tiempo que no tolero. Cualquier solicitud me irrita al máximo, más cuando puedo patear lo que sea o gritar tan duro como quiera.
Nunca pensé que el cube me terminara calmando. Debo ser bipolar para que conciba la vida como dos mundos apartes. La casa, la oficina. El bohemio futbolero, el productor bilingüe. El que hace lo que quiere, el que hace lo que tiene que hacer. JuanMapu, Juan Mesa.
La oficina me recuerda las cosas que tengo que hacer en la casa y en la calle.
Lo mejor de la oficina son los otros oficinistas. No son amigos, tampoco compañeros de trabajo. Algunos cuentan sus vidas, sus experiencias, lo que me aleja de mis caprichos. Hacen de polo a tierra.
Siempre es bueno saber que uno no es el único en la tierra.
Mafarefun Elegba, Maferefun Ogún.
